Los sabores de mi vida

La idea de este post la saqué de Dímelo Cantando, y aquí voy: Mi niñez sabe a la avena que tomaba mi papá en las mañanas y que debía tomar obligada o sencillamente no me paraba de la mesa, a las arepas con caraotas refritas y quesito blanco rallado que me preparaba mi abuela y que en aquel momento detestaba (porque no me gustaba comer) y ahora me fascinan. Sabe a la leche que preparaba mi abuela para el montón de gatos que tenía en su casa y al té de yerbabuena que me hacía para que se me pasaran los dolores de estómago, siempre con instrucciones incluidas: “Mija vaya a las escaleras, traígame unas ramitas de yerbabuena que te voy a preparar un tecito para que te lo tomes y te acuestes boca abajo, así se te pasa el dolor” ese remedio todavía es infalible, para el dolor de barriga y muchas otras cosas más.
Mi infancia supo a aguacates, mandarinas, limones, cambures, nísperos y naranjas que habían en el terreno de casa de mi abuela y que nosotros atacabamos ferozmente cuando nos invadía el fastidio o mi abuela se hartaba de los 4 nietos jodiendo todo el día y nos mandaba para el cerro, nos íbamos de “Campamento Indio”, el cual consistía en comernos todo cuanto las matas tenían…ahhh que rico. También sabe a barquillas de chocolate con lluvia de chocolate que me llevaba a comer papá en Crema Paraíso.
Mi adolescencia sabe a arepas, pasta y/o pan con huevos revueltos y tocineta, que debía desayunar antes de ir a practicar natación, sabe al gatorade único alimento existente durante una competencia por temor a que nos diera una embolia, sabe a las pizzas con un litro de rico malt que me comía con mis amigos del liceo cuando teníamos clases en las tardes, sabe a arroz chino que comía todos los días cuando trabajaba en la biblioteca. Sabe a milanesas de pollo empanizadas que me mandaba mi mamá de almuerzo a la biblioteca y a las crepes con syrope y lluvia de chocolate que solía cenar.
Mis más recientes años supieron a comidas bajas en calorías siempre con el exquisito sabor de las comidas de mi abuela, ese que solo se consigue cuando se cocina con amor, sabe a filetes de pescado con mucha ensalada que siempre me comía con el mayor de los gustos, a jugo de lechoza que nunca me ha gustado pero que mi abuela me servía y me tomaba por no desilusionarla. Mis tardes saben a Hallaquitas de Plátano que me sabían a gloria y que mi abuela me preparaba en cantidad, era demasiado emocionante hasta después de vieja robármelas de la nevera y ella lo sabía, así se aseguraba de mandarlas a poner donde pudiera verlas.
Mis navidades saben a pernil, ensalada de gallina, pavo y bollos hechos por mi abuela, sabores que no puedo degustar nuevamente pero que vienen a mi, indelebles, escritos con una tinta única que mancha la memoria y los sentidos.
Dímelo decía que en general su vida sabe a familia, mi vida sabe a amor a cariño y a seres queridos, mi vida sabe a mi inagotable capacidad de asociar a la gente con su comida; mi vida sabe a mi abuela Celeste y al creciente río de sensaciones, sabores y olores que nacía de su cocina, para invadir mis sentidos.
PD: Ya estuvo interesante, pasenlo!!!!

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