"Soy Tamara, pero aún me llamo Tomás"

De esta forma titula, la página B-14 de la edición dominical de hoy, 21 de agosto del diario El Nacional, he decidido colocarles acá abajo la entrevista, porque la entrevistad Tamara Adrián, es profesora en mi facultad, aunque no me dio clases, sí entré de oyente más de una vez a sus clases y me parece muy buena profesora, he tenido el placer de compartir con ella en reuniones afuera de la universidad, porque en más de una ocasión ha salido con mis compañeros a compartir un rato y es una persona muy agradable, en la entrevista Tamara cuenta la historia de su cambio de sexo y todo lo que ello le ha significado, sin más preámbulos, acá les presento la entrevista:
“Si viera mi vida hacia atrás creo que me daría vértigo. Tengo 51 años de edad. Desde los 2 o 3 años de edad tuve la certeza de que estaba en un cuerpo errado, sabía que era niña. ¿Que cómo lo sabía? Es fácil, así como sabes que te gusta el helado. Es así, una percepción. Un problema de identidad.

Pertenezco a una familia de clase media. Vivíamos en los Palos Grandes. Mi mamá murió sin saber lo que me pasaba, porque cuando decidí hacer la transición ella estaba gravemente enferma y no quise crearle un trauma. Mi papá vive aún: sigue llamándome por mi nombre masculino, Tomás.

No hay duda de que tener un comportamiento femenino siendo varón genera reacciones familiares y sociales, hasta el punto que cuando tenía 9 años de edad era la bibliotecaria del colegio privado donde estudiaba. Reconduje mi conflicto de forma instintiva hacia la lectura. No podía relacionarme con las niñas porque no me entendían como niña, no me podía relacionar con los varones porque no me entendía con los varones. En los test de inteligencia aparecía como subnormal. Era considerada una niña especial. Claro, era especial, pero en otro sentido.

La llegada de la adolescencia fue terrible. Empezaron los cambios hormonales, la masculinización del cuerpo. La presión social se agudizaba, los grupos eran simbióticos, todos los niños se visten, caminan, hablan, piensan igual. Nunca me aceptaron en ningún grupo.

Mi mamá era farmaceuta. Cuando yo tenía 16 años de edad, agarré los libros de farmacia, me puse a estudiar los aspectos hormonales y comencé a tomar hormonas automedicadas. Cada vez que se notaba demasiado el cambio en mi cuerpo, me daba aquel arrepentimiento horrible. No se conocía el síndrome de disforia de género. No sabía qué me pasaba, eso me generaba una culpa terrible. A medida que yo me feminizaba el cuerpo, me llenaba de culpas, y paraba, y volvía entonces a tomar hormonas. Era un yo-yo hormonal. Mientras tanto, estudiaba, y mucho: me gradué Suma cum laude en Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello.

La universidad, no la prostitución: En la universidad me vestía ambiguamente, estaban de moda los zapatos con tacón para hombres, los pantalones con talle bajo, y era una mezcla de hippie andrógino con detalles femeninos, pero no muy ostensibles por el tema social. En la universidad había rechazo. La discriminación a la diferencia existe en todas partes. Veía a las chicas transgénero de la avenida Libertador, y decía: si yo sigo lo que yo siento, ¿cuál es mi destino? ¿Prostituirme? ¿Ir a un bar a presentarme como stripper? 70% de las personas transexuales no tiene estudios, y, por ende, no tiene trabajo, porque desde temprano las excluyen del sistema educativo y el sistema social. Por eso, se quedan en las peluquerías o en la prostitución. Vivimos en una sociedad mojigata, que hace que la persona transexual sea un ícono morboso, y que te obliga a encajonarte en una situación de miseria y de guetto.El problema de la transexualidad se da en todos los países, en todas las clases sociales con igual incidencia: 1 sobre 30 mil o 40 mil personas. En países como Estados Unidos, donde la reasignación se hace desde 1970, mucha gente la hizo temprano. Hasta ahora, esas personas eran tránsfugas de la anormalidad; pasaban de la invisibilidad en su sexo de origen, a una situación de visibilidad. Pero una vez que llegas al otro lado de la montaña, después de haber nadado contra corriente, vuelves a entrar en la “normalidad”, y te mimetizas en el otro sexo, y ya no eres ese monstruo.

En este momento soy una mujer, la mujer que siempre me sentí y que me fue muy difícil aceptar que era. Yo nunca he querido ser mujer, es que sintiéndome mujer desde siempre me había negado a aceptar el costo que representaba la aceptación de mi condición. Es un costo enorme, desde todo punto de vista. Yo no podía ser ese rey que mis amigas feministas pensaban que era.

Estuve en Francia, hice un doctorado en Derecho Mercantil en la Universidad París II, y lo terminé en 1982. Francia, curiosamente, sigue siendo uno de los países más homofóbicos y transfóbicos. En ese instante debía dilucidar el rompecabezas que tenía frente a mí: no sabía cuál era mi condición. Sabía que no podía aceptar mi cuerpo, y que no me sentía integrada con él, había una disociación entre mente y cuerpo. Busqué ayuda en la universidad, me refirieron a una psicóloga lacaniana, que hacía su tesis sobre transexualidad. Ella me cobraba la mitad de mi beca, y después publicó un libro profundamente sexista contra la transexualidad.

La decisión de mentirse: Cuando regresé de Francia, a pesar de mis calificaciones académicas, me fue imposible conseguir trabajo debido a los prejuicios por mi apariencia bastante ambigua. En ese instante tomé una decisión que hoy considero errónea, pero que comparto con innumerables personas transexuales en todas partes del mundo, que buscan escapar del durísimo destino que representa la transición. Pretendí mi integración en el molde que me proponía la sociedad: por una parte, traté de vestirme masculinamente y hasta me dejé crecer la barba; y por la otra, me casé.

De ese matrimonio nacieron dos hijos, a los cuales amo profundamente y que, sin embargo, no tengo la dicha de poderlos frecuentar por prejuicios diversos. Y es que muy a menudo uno de los precios que se debe pagar por asumir la identidad es la pérdida de la familia y los amigos, que huyen como si se tratara de leprosos.

Cabe decir que las dificultades de la transición muestran que aún en países como Suecia, 30% de los transexuales ha estado casado, y más de la mitad ha tenido hijos. Debo señalar también que en todas partes del mundo se indica expresamente que la reasignación legal de las personas transexuales, como es obvio, no afecta los derechos de los hijos que hubieren podido tener y, en general, las relaciones de familia. Pero a pesar de no poder ver a mis hijos, me siento muy afortunada, porque tengo una vida de familia estable. Tengo pareja desde hace más de 10 años y, junto con su hija, formamos una familia unida, solidaria y respetuosa de los derechos de los demás.Aquel matrimonio duró 3 años, y se rompió cuando dije lo que sentía. Ella no lo sabía. Al cabo de cierto tiempo, las barreras que puse para tratar de contener ese río de sentimientos se rompió otra vez, era como un Guri que de pronto crece, y si no lo dejas fluir, se lleva por delante las barreras.

El verdadero cuerpo: Mi esposa me puso las maletas en la puerta. Y en ese momento pasé por un período de gran depresión, era enfrentarme a aquello que me había negado a enfrentar. Fue cuando empecé una planificación, que pasó por una electrólisis total de los vellos de la cara, por incorporar cierta ambigüedad progresiva en mi vestimenta. Conseguí ayuda en Venezuela con el Centro Bianco, y a través de ese proceso seguí el protocolo completo de reasignación, que incluye vivir por lo menos dos años trabajando y haciendo todo en el sexo de reasignación. Eso es para “machos”, sobre todo en el nivel social donde me desenvuelvo como profesora universitaria.
Mi reasignación fue en 2002, en Tailandia, donde estaba el mejor médico del mundo, Suporn Watanyusakul. Mientras en Estados Unidos y Canadá la operación costaba 12 mil dólares, allí costaba 7 mil dólares. Si me hubieran dado esa oportunidad a los 14 o 15 años de edad, la hubiera tomado. En el mundo pasa eso: no puedes cambiar el cerebro, por eso cambias el cuerpo.
Después de la cirugía por primera vez me sentí en mi cuerpo. Si me preguntan si en algún instante he sentido arrepentimiento, digo no. No ha habido un mini-segundo de arrepentimiento; mi arrepentimiento es no haber podido hacerlo antes.
Este es un camino muy duro, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Pero me ha hecho mejor persona, una persona que entiende que no existe diferencia entre hombres y mujeres, sino que todos somos masculino y femenino al mismo tiempo. Ahora soy activista de los derechos de la mujer, no sólo porque soy mujer, sino porque he vivido en carne propia la diferencia del trato.
Hoy en día, la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Americana de Psiquiatría reconocen la transexualidad como una condición de salud. En casi todos los países la reasignación se cubre a través de la seguridad social, porque forma parte del derecho a la salud. El año pasado, en Francia ordenaron devolver los gastos a una persona por la reasignación. En el continente se hace veladamente en México, y más abiertamente, en Argentina.

Con nombre ajeno: Soy profesora de pregrado y doctorado en la UCAB y la UCV, y en las listas de profesores aparezco como Tomás Adrián, pero los alumnos se encuentran con una profesora que les da clases. Eso es discriminatorio. Tengo la gran ventaja de que mis alumnos han sido sumamente receptivos. Recibo cartas cuando termina el curso; dicen que he sido la mejor profesora que han tenido.
Después de mi reasignación empecé a estudiar –desde el punto de vista jurídico– las vías que permitieran lograr la reasignación legal de manera coherente y en condiciones de no-discriminación. Hasta ahora, las reasignaciones que se han hecho, desde el punto de vista legal, fueron por rectificación simple de partida. Eso significa que a una persona que no tiene estudios y que no tiene una situación documental compleja, se le soluciona su problema porque tendrá una partida, cédula y pasaporte. Aunque eso se hace desde los años 70, con el actual gobierno no se ha hecho ninguna, porque hay jueces que dicen que es una aberración.
En mi caso es más complejo, porque tengo estudios, diplomas universitarios, he sido contribuyente siempre, tengo propiedades; por razones de mi trayectoria. Por eso solicito, desde mayo de 2004, ante la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, un recurso constitucional innominado de reconocimiento de mi identidad, que no es otra cosa que el ejercicio de mi derecho a la autodeterminación como persona. Pido que, sobre esa base, se rectifiquen todos mis documentos públicos o privados para hacer coherente mi identidad con la identidad con la que se me conoce pública y notoriamente. Eso para poder ejercer en condiciones de no-discriminación todos mis derechos. La sala ni siquiera lo ha admitido o rechazado, no ha dicho nada. El expediente tiene más de 800 páginas y contiene sentencias y leyes de todas partes del mundo.
El derecho a mi identidad me lo da la constitución y los tratados internacionales de los cuales Venezuela forma parte. Mientras tanto, vivo en un limbo jurídico, estoy condenada a ser indocumentada. Pienso promoverme como candidata a diputada independiente, pero ¿con qué nombre? ¿Cómo ejerzo mis derechos políticos? Ahora que soy feliz, estoy indocumentada. Primera vez en mi vida que me puedo definir como una persona feliz. Antes era profundamente infeliz, pero ahora me siento una persona coherente, soy yo para mí y para el resto de las personas, y no me despierto y veo en el espejo a una persona que no soy yo.
Soy Tamara, pero aún me llamo Tomás. Mi pasaporte dice Tomás, mi cédula dice Tomás; en un restaurante entrego una tarjeta de crédito, y dice Tomás. A mi no me sirve la rectificación de partida, no es la vía idónea bajo la Constitución Bolivariana, que abrió una nueva puerta con el reconocimiento de la igualdad, el derecho de las minorías a obtener un tratamiento preferencial. Además, incorpora el derecho a la dignidad, a la reserva sobre tu vida privada.
El derecho a la privacidad: Por ejemplo, casi me quito un dedo con una puerta; fui a una clínica, pero no me querían recibir porque tengo un seguro, una cédula, y una tarjeta de crédito, con un nombre que no se corresponde con mi físico. Tengo derecho a la privacidad. ¿Por qué debo explicarle al señor de la aduana todo mi pasado, y que él entienda, para que me deje pasar con mi actual pasaporte? ¿Por qué debo explicarle a un fiscal de tránsito? Si tuviera que ir presa, ¿a dónde iría presa?
Se crea una discriminación por no cambiarme el nombre. En España y en Colombia es un procedimiento ante notario, en Chile es por solicitud ante el juez, en otros países es sólo la solicitud de cambio de nombre ante un órgano administrativo. Si no te identificas con el nombre que tienes, puedes ejercer un derecho humano al cambio, pero en Venezuela no existe un procedimiento expedito.
Pareciera que mucha gente pasara factura al ejercer casi un acto de inquisición; si estás en esta condición expía tu culpa: “no seas nadie, no tengas identidad, te vamos a quebrar”, como dirían los malandros. La actitud es casi punitiva. Pero siento también que la situación mejorará en la medida en que entiendan que se trata de un problema de salud, reconocido como condición por la OMS, no como enfermedad; que genera afección a la salud en el sentido integral de la palabra, y que existe un tratamiento médico con la reasignación, el protocolo. Esta condición no es un capricho, ni siquiera es una opción, porque eres una persona anulada por esa carga afectiva que representa el cúmulo de incoherencias que no puedes asumir sino en el momento en el cual decides andar hacia la transición. Es un problema de dignidad, de proyecto de vida.

La datilera del desierto: Elegí el nombre Tamara por tres razones: cuando tenía 4 años de edad, una de las personas más bellas que he visto se llamaba así. Guardaba cierta consonancia con el nombre masculino, y en la transición sólo firmaba T, sin poner nombre. Luego de que conocí el origen de Tamara (datilera en un oasis en el medio del desierto), me encantó, y con ese concepto me identifico muy bien. Lo uso públicamente desde el año 1993; en ese momento “ejercía” medio tiempo, trabajaba en un escritorio jurídico. Durante el día me disfrazaba de hombre –muy mal disfraz– y me llamaba Tomás; y en la tarde y los fines de semana, me vestía como me quería vestir.
El cambio es un proceso que dura varios años. Decidí hacerlo a tiempo completo cuando un día estaba vestida con traje y corbata y me dijeron señorita. Ese día dije: ya estoy lista. Otro día, un amigo me dijo para encontrarnos en un bar, y me negaron la entrada porque era un bar sólo para hombres.
Los transexuales somos los últimos esclavos. Estamos sometidos a una esclavitud tan miserable por nuestra identidad, que tenemos una estrella de David cosida. Llevamos la estrella en la cédula. Lo que hicieron los nazis con los judíos, se hace con la falta de reconocimiento de nuestra identidad.
Puedes ser profundamente infeliz y frustrada como persona, o asumir ser tú, con todo lo que ello conlleva, y lograr la felicidad. Tengo una gran voluntad, no siento ninguna culpa. En este proceso perdí a familia, perdí amigos, y gané otros amigos. Sigo siendo profesora, sigo teniendo una clientela como abogada, y ése, mi éxito, no me lo perdonan. Muchos me quisieran ver muerta”.
Posted by Picasa

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